El garaje es el cementerio de los coches que no se mueven

Existe una falsa sensación de seguridad que se apodera de nosotros cuando vemos el odómetro de nuestro coche congelado en el tiempo. En una era de teletrabajo y trayectos cortos, muchos conductores han caído en la trampa de creer que, si no hay rodamiento, no hay desgaste. Pero la realidad mecánica es cruda: el tiempo es un enemigo más voraz que la distancia. Un vehículo estacionado no está «descansando»; está sometido a un proceso invisible de degradación química donde los fluidos se oxidan, los sellos se resecan y la tecnología se degrada por el simple contacto con el oxígeno y la humedad ambiental.

La clave de este deterioro silencioso reside en la química de sus componentes. El aceite del motor, por ejemplo, pierde sus propiedades lubricantes por oxidación mucho antes de cumplir los kilómetros prometidos en el manual. Lo mismo ocurre con los sistemas de frenado, que pueden sufrir corrosión por falta de fricción, o las baterías, que mueren lentamente al no recibir ciclos de carga constantes. Ignorar estas señales bajo el pretexto de «lo uso poco» es, en realidad, una apuesta arriesgada que suele terminar en facturas de taller tres veces más costosas que una revisión rutinaria.

La regla de oro que desafía la lógica del ahorro mal entendido es clara: el mantenimiento debe realizarse cada 5.000 kilómetros o cada seis meses, lo que ocurra primero. Esta dualidad no es un capricho comercial, sino una medida de protección necesaria ante la descalibración por inactividad. Un coche que solo sale los fines de semana necesita, irónicamente, una vigilancia más estricta sobre sus filtros y la presión de sus neumáticos, ya que la falta de movimiento impide que los sistemas se autolimpien y se mantengan lubricados, acelerando un envejecimiento prematuro que no se nota en el tablero.

Finalmente, entender el mantenimiento como una inversión en nuestra propia seguridad —y no como un gasto burocrático— es el cambio de mentalidad que define a un propietario responsable. Realizar al menos dos chequeos profundos al año garantiza que, cuando realmente necesites el vehículo para una emergencia o un viaje largo, este responda con la precisión del primer día. Al final, un coche en perfecto estado no se mide por lo poco que ha rodado, sino por la disciplina de quien sabe que la prevención es la única forma de evitar que el tiempo convierta una máquina valiosa en un riesgo mecánico sobre ruedas.