Briceño: Retrato de un periodismo bajo fuego

Mateo no subió a las montañas de Briceño persiguiendo la luz perfecta con su lente, buscando la estética de un atardecer en el paisaje antioqueño para abrir la sección cultural. Mateo caminaba con el barro pegado a los pies, sosteniendo la cámara con la firmeza que exige el terreno y manteniendo los ojos bien abiertos donde el poder exige que cerremos los párpados. No capturaba estampas para el consumo turístico; registraba la verdad incómoda que se respira entre el fusil, la maleza y el abandono estatal. Hoy nos duele el cuerpo entero al masticar esta realidad: en Colombia, el precio por sostenerle la mirada a la guerra sigue siendo un tiro en la cabeza.

Es una rabia seca, de la que raspa la garganta, la que provocan los folios archivados de la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP). Ese 95% de impunidad en crímenes contra la prensa no es un frío indicador gráfico para debates académicos; son cajones de madera llenos de polvo donde duermen los nombres de nuestros muertos sin que un solo juez firme una sentencia. El Norte de Antioquia se ha convertido en un enclave de control territorial absoluto, una ratonera donde las disidencias del Frente 36 y el Clan del Golfo imponen su propia gobernanza a punta de panfletos, restricciones de movilidad nocturna y bombardeos con drones contra la población civil. En un territorio donde el alcalde debe despachar desde el exilio por amenazas, el personero renuncia y las comunidades rurales son desplazadas en masa hacia el casco urbano, quedar desamparado es la norma. Cuando asesinan a un reportero en un municipio sitiado bajo fuego cruzado, el daño colateral es absoluto: silencian el megáfono de un pueblo entero y nos exilian de nuestra propia realidad. Es macabro que, en pleno 2026, hacer periodismo regional equivalga a caminar sobre una mina antipersonal, un escenario donde la única póliza de seguro es el silencio. Pero la pregunta nos quema por dentro a los que cargamos una libreta de notas: ¿qué nos queda si nos gana el miedo?

Podrán reventar el lente, confiscar las tarjetas de memoria y quebrar el micrófono. Lo que jamás van a poder borrar es el registro de lo que Mateo ya vio, congeló en su visor y nos heredó antes de que intentaran apagarlo. Su ejecución no puede convertirse en un párrafo breve de la crónica roja de Antioquia. Es una bofetada al oficio que nos obliga a sacudirnos la apatía corporativa. Hoy nos corresponde a nosotros, los que todavía respiramos frente al teclado, asumir sus líneas de investigación, teclear su nombre y sostener su mirada. Si permitimos que el silencio eche raíces en Briceño, habremos enterrado la profesión. El periodismo no decora la realidad, la interroga. Nuestra mayor insurrección hoy es terminar de contar la historia que quisieron sepultar con él.